Sujetando el planeta con los hombros había un busto desnudo y decapitado. Tenía entre sus brazos un bebé gigante, sin manos ni piernas, y con tan solo un ojo en el lugar donde debería estar su boca. La tierra era dorada, y el mar de color púrpura. Una leve brisa abanicaba las montañas invertidas, cuya cima tocaba el suelo y sus faldas se abrían paso entre la atmósfera infinita. Una muñeca de porcelana vigilaba todo desde su butaca llena de polvo, que reposaba firme sobre el hombro izquierdo de un gigante verde, que levantaba su cabeza por encima de las nubes y podía con sus soplos desplazar a su antojo las tres lunas que iluminaban el cielo en las noches despejadas. Una de las lunas era gaseosa y, tras fuertes soplidos, a voluntad o por descuido del gigante, se desmoronaba en una niebla espesa que descendía a suelo firme y generaba un océano de niebla rosada, que pronto se llenaba de algas pardas gigantes a las que ataban sus pies nutrias aladas, mientras dormían o partían nueces de manzano sobre sus panzas, azotándolas con pajarillos de piedra, que suspendían eternamente en los cielos bajos del planeta. Las otras dos lunas eran de metal y, si por casualidad chocaban una con la otra, generaban truenos que se abrían paso entre las faldas de las montañas y generaban enormes agujeros en la tierra, de los que brotaban miles de enredaderas sin fin, que crecían hasta llegar a ninguna parte, y formaban entonces tortuosos frutos, de los que surgían los pájaros de piedra, que quedaban suspendidos eternamente en el aire, esperando a ser olvidados para descender y descansar en la tierra con sus hermanas rocas.Cada vuelta que daba el planeta generaba unas pequeñas turbulencias, que suspendían en el firmamento parte de los océanos de niebla rosada sobre los que descansaban las nutrias gigantes y las algas pardas y entonces, cuando esto sucedía repetidas veces, se conformaba espontáneamente una nueva luna de gas rosado, que vagaba sin rumbo alrededor de Realidad hasta ser disgregada de nuevo a antojo del gigante.
Amanecí un día entre jaulas de asfalto y metal, rodeado por ruidos ensordecedores. Ni rastro del mundo que yo conocía. Busqué por el cielo a las montañas y a mi preciosa reina de porcelana y a su mirada tierna, pero solo encontré un espacio azul infinito, y gente perdida bajo este sublime techo, con miradas opacas, y criaturas encerradas tras sus ojos, que ansiaban por salir de sus cuerpos y sus rutinas, y volar más allá del vacío, y encontrar el amor universal del cual se les había privado desde su nacimiento. En Realidad, estando solo por ser el único de mi especie, jamás me sentí tan triste y pobre de corazón como en aquel planeta tan inmenso, con tanta gente como yo. Humanos con los corazones arañados por el dios tiempo, con vidas efímeras, pero absurdamente resignaados a seguir atados a una realidad creada por ellos mismos, incapaces de sentir las caricias de un mundo al que se han negado por su propia voluntad, y al que no son capaces de acceder, porque han perdido la orientación tras sus máscaras de rutina. Me sentí solo, olvidado, por primera vez lloré de pena y caí en un sueño profundo, en medio de lo que podría ser todo, pero que era la nada.
Abrí los ojos. Miré asustado a mi alrededor, y allí seguían para mi tranquilidad mis nutrias, mis tres lunas, mi muñeca de porcelana, mi gigante verde, mi bebé con un ojo en lugar de boca, mis pájaros flotantes de piedra, mis enredaderas y mi busto desnudo. Tenía sueño y algo de frío, pero sobre todo miedo de volverme a dormir y despertar de nuevo convertido en uno más de Ellos, resignado a la cotidianidad de los días, arrastrado por el tiempo y encarcelando en mí mismo un espíritu sediento de libertad, que agonizara con la brevedad de los días tras unos ojos que no vieran más que lo que les enseñaron a ver, incapaces de descubrir nuevas fronteras por sí mismos. Me resistí todo lo que pude, pero el sueño no es rival, porque siempre gana. Finalmente caí dormido en las brazos de Realidad, con la angustia de la derrota y sumido en mis temores, aunque con una idea firme en mi cabeza, que repetí para mí mismo incesantemente sabiéndome vencido:
"en caso de despertar en otro lugar, ABRE BIEN LOS OJOS".

