viernes, 3 de abril de 2009

Underwater Love (Precuela).


Dudas. Mirada al frente, autoconvencimiento. Más dudas, paso, paso, paso. Pasos cada vez más firmes. Más pasos, pasos que se aceleran, zancadas (agitación), otra más, y otra, y otra, zancada, zancada, zancada, salto, salto (126 pulsaciones/minuto), salto (el umbral se acerca, no hay marcha atrás), salto, salto final. Blanco.

Los pies se despegan del suelo y los ojos se cierran. Las piernas se siguen moviendo. El vacío se hace patente. Viento fuerte, pánico, agitación, caída en picado. El final está tan lejos y su naturaleza es tan difusa entre toda esa niebla que a uno le da tiempo a disfrutar de la hiperoxigenación y de la aceleración gravitacional a 9.81 m/s2. Entusiasmo, agitación y el corazón dando lo que puede de sí.

Leche.


La palabra engendro cobró su significado más puro contigo. Me parasitaste dentro y, ahora que estás fuera, lo vuelves a hacer. Como un cestodo, como un nemátodo. Así eres. Y ahora solo quieres mi leche, sin ofrecer nada verdaderamente sincero a cambio. Y yo te la doy sin esperar nada serio de tí, ofreciéndote a cambio mi tiempo y mi vejez, sin saber muy bien por qué te quiero, pequeño y arrolladoramente encantador engendro.

Astenia Primaveral.


Pienso casi todos los días en tí, varias veces. Te miro cuando caminas y aún no comprendo en qué momento decidí que te quería en alguna de las vertientes con las que nos sorprende el amor. Los esquimales tienen alrededor de una docena de palabras para definir distintos tipos de nieve. Creo que nos faltan términos en el diccionario para describir los puntos intermedios en la ciencia poco precisa e irracional del querer, donde estás tú, y tú, y tú también (y tú, que no te me olvidas).
Con la Primavera se descubre el corazón y queda expuesto al aire, al sol y al polen, y se seca, y tiene sed, y lo pago yo, sin disgustos por otra parte.

Bienvenido seas, buen tiempo.

Coleccionista.


Se alimentaba del pánico, y por eso siempre tenía hambre. Uno puede llenar su estómago de dulces, pero no de amor o de miedo; de esto siempre cabe más cuanto más se tiene. Insaciable y tranquila buscaba presas y coleccionaba los restos de sus festines como llaveros, atravesándolos por los talones, con la facilidad de quien unta mantequilla; o por los hombros, cuando el pánico no era suficiente y la kilométrica lombriz tenía que alzarse repugnante y majestuosa para atemorizar aún más a sus banquetes, presas del pánico literales y auténticos surtidores del codiciado néctar. El mundo se le quedaba pequeño a ella, la coleccionista, y a ellos, los incautos. ¿Vivir entre el desorden y los cadáveres sin inmutarse o permanecer a la espera de ser atravesado como otros tantos, con el miedo en la sangre?

Mímesis.

Omítelo, dí que nunca ocurrió, atrévete a negarlo, mientete/-nos, inventa nuevas excusas, finge que no te importa, disimula, pon esa sonrisa que te sabes y aparenta que todo va bien, oculta al mundo lo que sientes y demuéstrales, una vez más, que eres fuerte, invulnerable, involuble, indestructible, feliz.

Te mueves y de repente te dejas ver. Alucinado me sumerjo entre tus formas... Precioso, elegante, admirable de veras, una maravilla natural. Un depredador y una víctima, perfectamente camuflado para atacar y para salvaguardarse. Me encanta buscarte entre el heterogéneo paisaje de tus gestos y descubrirte en una sonrisa mal dirigida, en un exceso de verborrea, en un corte de mangas gesticulado con silencios, con frases no verbales.

Te mimetizas y me encanta observarte desde mi escondite, desde mis falsas apariencias y desde mis falsos brotes de felicidad suma, como un animal más, programado para seguir vivo en este lugar, dentro de esta red trófica en la que todos participamos.