viernes, 8 de mayo de 2009

Glace Kelly


Si estuvieses aquí lo entenderías. Todas estas dudas, este lío de ropa sin lavar, este largo viaje a la incertidumbre. Hace tanto tiempo que dejé de sumergirme en tus ojos al abrir los míos que ya no recuerdo apenas qué se siente en un instante tan fugaz como ese, cómo se está de bien bajo el abrigo de tu mirada cálida, o la tranquilidad que proporciona un abrazo desde el lado derecho de esta cama, que ahora está cubierta de nieve.

1, 2, 3, 4


Los cuatro tambores golpeaban fuerte, intercalando sonidos de forma caótica, sobre ese rectángulo acolchado, repleto de manos, piernas, espaldas, dorsos, torsos y amor. Y fuera, no muy lejos del manojo de extremidades, sonando constante y fuerte, el aullido cansino de una fuente circular, recordándonos a todos en cada instante que aquello no era nuestra casa ni la del otro, que aquel era el momento y el lugar compatido por aquellos cuerpos compartidos que decidimos abrazar juntos en esa noche de cuatro, cuatro bocas, cuatro aristas y un final feliz.

Pseudovoyeur.


A lo largo del día se quita los ojos varias veces; es su afición perversa. Todo ser humano tiene derecho a observar, a mirar como quiere. A él le gusta hacerlo con sus órganos visuales al descubierto, entre toda esa niebla blanca. Le encanta rechazar con los enfoques al vacío, centrar su campo visual en un objetivo y excluir al resto, obnubilarse en las formas, pero no tanto en los detalles; en el movimiento en sí, no en las familiaridades de los rostros o de las señales que marcan los cuerpos como un mapa. Quizás venga de ahí su pésimo sentido de la orientación. Al fin y al cabo, las calles y las paredes no se mueven, y lo único que hacen es acumular detalles que a él le encanta excluir de su cerebro, para buscar remolinos efímeros, melenas al viento o escuchar voces de esas que pintan cuadros para sus ojos sin percatarse nadie de ello.