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Una mirada. El dedo sobre el interruptor de la luz. La persiana bajada.
Un tambor rojo que empieza a sonar y sacude el alma, dando paso al movimiento y al susurro, a los cuerpos y al calor, a los nudos de las sábanas...
Gánate mi voz, mírame con las manos y regálame tu aliento, tus ojos, tus brazos, tu dorso, tu torso, tu vientre, tu vida; dámelo todo en este momento que es solo nuestro, de tí y de mí, de nuestros labios. Gánate mi voz, sorpréndeme con tu ira y tu ternura, con el ritmo de un tambor que nunca deja de latir, y llévame con fuerza a la seguridad de un abrazo. Ayúdame a olvidar las matemáticas que nos enseñaron, donde uno y uno son dos, para sumar dos y obtener uno.
Como un acorde, con su tónica y su dominante, vibrando en cada respiración, dejando los sueños a parte y palpando la realidad del tiempo infinito, de la piel, de los abrazos y de esta habitación.
Gánate mi voz, mírame con las manos y regálame tu aliento, tus ojos, tus brazos, tu dorso, tu torso, tu vientre, tu vida; dámelo todo en este momento que es solo nuestro, de tí y de mí, de nuestros labios. Gánate mi voz, sorpréndeme con tu ira y tu ternura, con el ritmo de un tambor que nunca deja de latir, y llévame con fuerza a la seguridad de un abrazo. Ayúdame a olvidar las matemáticas que nos enseñaron, donde uno y uno son dos, para sumar dos y obtener uno.
Como un acorde, con su tónica y su dominante, vibrando en cada respiración, dejando los sueños a parte y palpando la realidad del tiempo infinito, de la piel, de los abrazos y de esta habitación.
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