sábado, 5 de enero de 2008

Gris.


Se disipó la niebla y en medio de esa habitación de paredes grises y con la cabeza entre las manos acurrucado en el suelo, se hallaba Comodín. Su mano derecha descendió lentamente, palpó su pecho, su pene y sus piernas y comprobó con el tacto lo que sus ojos cerrados no le permitían ver: se hallaba desnudo, desamparado en aquella horrible y familiar habitación de paredes grises. Poco a poco abrió los ojos e inspeccionó la sala. Ni ventanas ni puertas, tansolo su cuerpo y sus pensamientos. En ningún momento se preguntó el motivo por el cual apareció de repente en aquel lugar. Sabía que sus propios actos fueron quienes le abrieron las puertas necesarias para llegar allí. Paredes grises, un suelo gris y, ante su sorpresa, en el techo, un gran espejo que ocupaba toda su superficie. Se miró perplejo durante unos segundos, y cuando quiso dejar de hacerlo no supo si mirar hacia arriba o hacia abajo. He aquí la pérdida de una identidad. Tras dudar unos segundos miró hacia sus pies, y descubrió que en lugar de un suelo gris, había una imagen especular de su propio reflejo, repetida miles de veces, extendiéndose hasta el infinito. Miró hacia las paredes buscando confort, pero ya no habían paredes, solo reflejos de sí mismo repetidas cientos, miles, millones de veces. Comodín se acurrucó desesperado, sin notar siquiera si lo que pisaba era un espejo o las plantas del pie de su propia imagen reflejada. Colocó la cabeza entre sus manos, cerró los ojos y se balanceó frenéticamente y lloró hasta vaciarse por completo.
Entre los sollozos, cada vez pausas más largas, rellenas de vacío; no se oía nada. Comodín comenzó a darse cuenta de que el silencio cobraba importancia, cada vez más, y cuando por un segundo, su mente dejó de recordar la traumática experiencia vivida hacía escasos minutos, la olvidó, y se vió de nuevo encerrado en el volumen de esa habitación gris, aunque esta vez, notó algo entre los dedos de su mano derecha. Era un carboncillo. Comodín pasó horas en esa habitación, tal vez días, y le dio tiempo de decorar todas las paredes, suelo y techo que, si antes eran grises, pasaron a ser negras, y viendo que esta hazaña no fue suficiente comenzó a pintar su propio cuerpo. Comenzó con la mano izquierda, luego el antebrazo, codo, hombro, pecho, pasó a la pierna y en un tiempo que no sabría cuantificar con precisión, Comodín tenía la mitad de su cuerpo teñida de negro, como las paredes de esa habitación. He aquí la pérdida de media identidad. Llegado a este punto se dio cuenta de que durante todo ese tiempo se había estado mezclando con el resto de cosas presentes en la habitación, es decir, la nada. Suerte que calló en esto cuando aún la mitad derecha de su cuerpo conservaba su color original, su valor original. Justo antes de lanzar el carboncillo hacia cualquier esquina oscura de la habitación, oyó voces familiares que gritaban su nombre y surgieron brazos amigos que le amarraron de su mitad libre y tras un abrazo multitudinario Comodín se sintió de nuevo parte de un todo, y abrazó a sus salvadores con un gran sentimiento de reconciliación, con ellos y consigo mismo.
Comodín volvió silvando a su casa, vestido y limpio. Paró frente la puerta de su casa y al buscar las llaves notó horrorizado en el bolsillo de su pantalón la silueta de un carboncillo. Inspiró profundamente, meditó sobre lo sucedido y sacó con cuidado las llaves de su bolsillo. Al entrar en casa lo recibió su hijo, éste se lanzó a sus brazos y le pidió un regalito. Comodín introdujo la mamo derecha en el bolsillo derecho de su pantalón y extrajo el carboncillo. El niño lo tomó feliz entre sus dedos y fue corriendo a buscar los cuadernos de colorear. Comodín se sintió relajado, tomó un baño caliente, ayudó a su hijo a pintar sus cuadernos y durmió plácidamente sus ocho horas de rigor. FIN.