martes, 2 de noviembre de 2010

APRosa



Salí del cubo gris centrado en todas esas cosas en las que el hipercubo gris invade, y que me agotan y agradan a partes iguales. De nuevo esos pasillos, ese ascensor, esas puertas, la espera del tranvía que siempre se me hace eterna, la media hora de black-out hasta llegar a mi destino hogar. Esas escaleras, ese color verde apagado, esa casa, ese hueco en la nevera, ese sofá, y esas conversaciones con mi querido Vicent.
***
[…] Hoy, en uno de esos momentos en los que desconecto, de nuevo he decidido imaginar que te quería. A la vista de cualquiera (incluyéndome a mí mientras escribo esto) este asunto puede resultar un tanto ñoño, cursi, rosa palo. Pero no lo puedo evitar, te veo y es lo que me sale, disfruto con ello; no miento si digo que me encanta. Amarte así es como un caramelito que comes a deshoras para matar el hambre. Ni a mí ni a nadie le amarga un dulce, y menos con este contenido.
Tu imagen, finamente conservada desde la primera vez que te cruzaste frente a mi retina con esa camisa fucsia y esa americana, vuelve a mí años después. Somos animales visuales, está claro. Seguramente no sería capaz de distinguir tu voz si pudiese escucharte ahora mismo, ni tampoco tus gestos o tu forma de andar. Creo que ni siquiera recuerdo con certeza si me caíste especialmente bien. No obstante, la orografía de tu cara sí me la sé, al dedillo. Impecables y sigilosos, los fotones de luz reflejados por tu faz se colaron en mis pupilas y se abrieron paso por el entramado de nervios que comunican con el cerebro y, una vez allí, silenciosos y pacientes aguardaron escondidos en algún lugar hasta nuevo aviso. Te quedaste dentro, y lo veo claro ahora.
Ahora regresas y lo que sé de ti no dista mucho de lo que recuerdo que, en gran parte, se codifica en el mismo formato (en formato jpg), solo que aderezado con palabras que leo e imagino que pronuncias. Y sabiendo eso, que es tan poco, no siento que mi amor sea pobre, poco intenso o superfluo. No me cuesta imaginarme a tu lado viendo amaneceres a través de una ventana perfecta, llevándote un copioso desayuno sobre una bandeja a la cama, o besándote mientras te abrazo en una noche de tormenta, con Damien Rice como fondo sonoro.
Hoy he vuelto a pensar en “lo nuestro”, y realmente no me parece tan cursi. Cada vez, de hecho, se me antoja más práctico. Al fin y al cabo, éste, nuestro amor, reúne las cosas más bonitas de una relación, que para mí, justo son las que ocurren antes de.
Cuando llega la primera caricia, el primer beso, el primer contacto físico, el primer te quiero, … se apaga en gran parte el yo ocurrente y sagaz, que te impulsa a la búsqueda de cruces de miradas, de ese roce accidental, ese guiño, ese gesto, ese detalle minúsculo cargado de macrosignificados. Se derrumba la idolatría, la devoción absoluta hacia esa figura que ansias amarrar entre tus brazos, tus labios y tus piernas. Cuando tu objetivo es alcanzado, gran parte de la energía creativa se disipa, y lo que queda, te pone en otro lugar mucho menos atractivo para mí, pero no menos necesario. La paz y la seguridad proporcionada por la rutina empobrecen el alma del romántico y del artista.
Me gusta quererte cuando quiero, imaginar que todo es cierto cuando me interesa, saberme capaz de, un día, llamar a tu puerta y, antes de que salgas del shock, buscar tu lengua con la mía, sin posibilidad alguna de rechazo. Me encanta contener esa emoción y dejarla reposar, ver hasta dónde llega, comprobar si se extingue la llama, cuánto puede durar, en qué se transforma. Me entusiasma, más que amarte desde lo onírico, que respondas desde lo virtual, haciendo más palpable algo que es casi metafísico. Jugar a quererte me llena y me pone de buen humor. Creo que no miento si te digo que te quiero como a nadie, y que no poco es lo que te quiero.