viernes, 8 de mayo de 2009

Pseudovoyeur.


A lo largo del día se quita los ojos varias veces; es su afición perversa. Todo ser humano tiene derecho a observar, a mirar como quiere. A él le gusta hacerlo con sus órganos visuales al descubierto, entre toda esa niebla blanca. Le encanta rechazar con los enfoques al vacío, centrar su campo visual en un objetivo y excluir al resto, obnubilarse en las formas, pero no tanto en los detalles; en el movimiento en sí, no en las familiaridades de los rostros o de las señales que marcan los cuerpos como un mapa. Quizás venga de ahí su pésimo sentido de la orientación. Al fin y al cabo, las calles y las paredes no se mueven, y lo único que hacen es acumular detalles que a él le encanta excluir de su cerebro, para buscar remolinos efímeros, melenas al viento o escuchar voces de esas que pintan cuadros para sus ojos sin percatarse nadie de ello.

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