De nuevo lo tenía frente a mí. Irritablemente pequeño y oscuro. Otra vez ese maldito agujero. Y ahí estaba también ese hilo asqueroso, y yo dispuesto, un día más, a tirar de él. Nunca debí comenzar. Maldito hilo, maldita curiosidad, maldito agujero.La cuestión es que lo hice. Comencé a tirar de ese penacho amarillo lleno de mugre y como no dejaba de salir más y más, decidí elaborar una bobina, que cada vez fue haciéndose más compacta y más grande.
A día de hoy, cada vez que me siento frente a ese agujero me planteo dos opciones: dejar de tirar del hilo, cortar esa bobina y tapiar el dichoso boquete de la pared, o seguir tirando para ver cuándo se acabará, cuánto hilo puede esconder esta pared que empiezo a pensar que está hueca en su totalidad, qué es lo que se esconde en el otro extremo del carrete...me puede la curiosidad.
A veces creo que determinadas inquietudes son malas. últimamente veo dos opciones pero me decanto siempre por sentarme frente al boquete negro con decisión, e incluso sin ganas y experimentar. Y el caso es que ya sé lo que pasará, sé lo que me encontraré cuando me ponga a tirar de ese colgajo de algodón, y aún así, acabo siempre en la misma posición, embobado, viendo como la bobina se hace cada vez más y más grande dando más de sí y ocupando más espacio en mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario